El Fantasma de la Monja: todo sobre esta leyenda

El fantasma de la monja es uno de esos relatos tenebrosos pero emocionantes que mantiene el interés de quien comienza a leerlo. Aquí puedes descubrirlo.

El fantasma de la monja

La leyenda del fantasma de la monja

El fantasma de la monja nos habla de una leyenda urbana de terror que aconteció hace mucho tiempo en la época colonial de México, pero que se conserva vigente en virtud de que los hechos narrados presentan una mezcla de datos reales y ficticios que despiertan la curiosidad del que la lee o escucha e incitan a compartirla.

Podemos decir también que su vigencia e interés del público se han mantenido en vista de que su trama se ha ido transmitiendo por la tradición oral que existe en los pueblos, añadiéndole detalles interesantes y curiosos, lo que ha permitido su trascendencia a través del tiempo, tanto así que ya forma parte del folclor de México, país donde se desarrollan los hechos. En la Mitología Egipcia encontramos tramas similares.

Esta leyenda del fantasma de la monja nos relata que, cuando transcurría el siglo XVI, en la Nueva España, que fue el nombre con que fue bautizada la región donde posteriormente se fundaría Ciudad de México, vivían los tres hermanos Ávila en una armoniosa unión familiar.

Se trataba de Alfonso, Gil y María Ávila, quienes residían específicamente en el cruce de las calles Argentina y Guatemala, tal como se les conoce hoy en día, en el pleno Centro Histórico de México, que, como sabemos, fue allí donde se inició el desarrollo de la capital Mexicana.

El fantasma de la monja

Ellos pertenecían a lo que se ha llamado una familia acomodada de la época, lo que implicaba que gozaban de una buena posición social y prestigio, una situación económica estable, contaban con buenos recursos monetarios y algunos decían que tenían influencias en ciertos órganos del gobierno que le conferían privilegios en alguna que otra transacción.

Se podría, también, agregar que por esta posición social generalmente no se relacionaban con alguien que no estuviera a su mismo nivel, lo que cual tal vez es posible se dijera solo para presumir. La Mitología celta nos relata tramas que también se reflejan problemas de desigualdad social.

Alfonso y Gil como eran mayores que María, se encargaron de su cuidado y educación y procuraban que tuviera un futuro estable casándose con un hombre que la pudiera mantener en las mismas o mejores condiciones que ellos le habían procurado.

María era una joven muy agraciada, dulce y de buenos modales, lo cual era reconocido por todos en su entorno, pero era también, en cuanto a carácter, muy ingenua y confiaba en demasía en todo el que se le acercaba. Esto, por supuesto, le trajo algunas situaciones no muy agradables, pero siendo esa su esencia, siempre entregaba su confianza al que requería de ella.

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La codicia

Como parte del entorno familiar, estaba a su servicio un mestizo humilde de apellido Urrutía, de incierto origen, quien fungía de empleado de los Ávila, prestándoles sus oficios tanto en la casa como en encomiendas que debía realizar en la ciudad. Se caracterizaba por ser una persona con una ambición desmedida, queriendo siempre obtener ganancias con poco esfuerzo.

Urrutia vio que María era una heredera codiciable y con la edad suficiente para tener una relación sentimental formal, por lo que quiso aprovechar esa circunstancia. Como María era cándida e inexperta, el mestizo interesado logró impresionarla y comenzó a pretenderla, buscando obtener fortuna y linaje, que era su más ferviente deseo, a costa de su casamiento con la distinguida joven.

María no muy experimentada en esas artes del amor, luego de que Urrutia la enamorara, este le propuso matrimonio, a lo que ella aceptó de inmediato, pues se había enamorado profundamente y estaba dispuesta a todo por su amor.

El proyecto que se había planteado Urrutia con María marchaba muy bien y él solo esperaba estar casado con ella para que su fortuna pasara a sus manos.

Sin embargo, cierto día estando en la taberna a la que siempre iba con sus amigos, pasado un poco de tragos, comenzó a presumir que tenía bajo su dominio a María y que, por ello, pronto sería un hombre muy acaudalado. Además, osó hasta de burlarse de ella vociferando que era una tonta ingenua, a la que podría engañar fácilmente y seguir disfrutando de los placeres de la vida, de las mujeres y de jolgorios.

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Tales burlas se regaron por toda la comarca y llegaron al conocimiento de Alfonso y Gil, los hermanos de María, quienes, muy molestos, se dispusieron ponerle reparo a eso.

Ellos se opusieron rotundamente a tales amoríos y a que María se siguiera relacionando con Urrutia, lo que, por supuesto, trajo discusiones, conflictos y desencuentros entre los hermanos, lo cual hizo que María se distanciara de ellos.

Alfonso y Gil buscaron todos los medios posibles para que María y Urrutia ya no se vieran más y así evitar el matrimonio. Así, en primer lugar, despidieron de inmediato al altanero mestizo, luego le reclamaron e insultaron por el irrespeto hacia su hermana y, finalmente, le prohibieron verla, lo que  al hombre le causó mucha gracia, pues se ufanaba de que ella lo amaba locamente, que la tenía bajo su control y que pronto sería uno de los dueños de sus negocios tan pronto se casaran.

Los hermanos tuvieron que aceptar que ciertamente, por primera vez, María estaba muy enamorada y que si no conseguía que sus hermanos aprobaran su compromiso y boda, ella podía cometer la locura de huir con ese truhán.

Gil, advirtiendo el peligro que corría María, quiso tener un duelo con el malvado mestizo y matarlo. Pero Alfonso se había adelantado y ya había pensado como deshacerse del rufián y sin que su hermano se manchara las manos de sangre por asesinar a ese criminal.

Entre los dos acordaron ofrecerle a Urrutia una fuerte suma de dinero, que no pudiera despreciar, poniéndole como condición que abandonara para siempre la ciudad, ya que con ese dinero podría establecerse en cualquier lugar y poner un buen negocio que le permitiría vivir bien por mucho tiempo.

En un principio, el bellaco mestizo se negó pues ello le estropeaba todo su plan de ser un hombre adinerado, pertenecer a la alta alcurnia y ser alguien de abolengo, pero fue tal la suma ofrecida por los hermanos, que el truhán aceptó marcharse de la ciudad y de trasladarse a Veracruz.

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De tal manera que se fue de la ciudad sin darle ninguna razón ni explicación a María, lo que, por supuesto, la llevó a una profunda depresión, quitándole las fuerzas y ánimo para hacer nada, condición de la que no pudo recuperarse por un buen tiempo por la gran desdicha que la embargaba.

Dos largos años estuvo María esperándolo, sin ningún estímulo para querer relacionarse con nadie, solo se lamentaba por su desamor, hasta que sus hermanos, abatidos por verla así, quisieron solventar esa situación.

El engaño

A fin de ayudar a su hermana a aliviar su pena, decidieron que lo mejor era que se internara en el Antiguo Convento de la Concepción, el primero construido en la ciudad, en el propio centro, el cual ya había ganado renombre por recibir como novicias solo a las hijas o familiares de los conquistadores Españoles.

Los hermanos para convencerla de que era para su bienestar físico y emocional que ingresara al convento y que lo mejor era que se hiciera monja, la engañaron diciéndole que se habían enterado de fuente veraz que Urrutia había muerto, por lo que ya no valía la pena esperarlo, pues no lo volvería a ver.

Por tal motivo, sin ninguna otra razón para seguir viviendo en su casa, María aceptó ingresar al convento, en donde se dedicó en cuerpo y alma a Dios y a la oración buscando que los rezos y las plegarias mitigaran sus penas.

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Sin embargo, en las noches, sin poder evitarlo, se entregaba al llanto y al recuerdo de su amante, olvidándose completamente de Dios.

Hasta el día en que por boca de una de sus sirvientas, que le fue a llevar víveres, se enteró de la verdad sobre el sucio trato que habían hecho sus hermanos y Urrutia. Supo, en ese momento, que, no solo este estaba vivo, sino que incluso, se había casado y había vuelto a la ciudad para chantajear a sus hermanos, exigiéndoles más dinero. Supo, también, todo el perverso pacto urdido entre ellos y de los bajos sentimientos del infame mestizo y del engaño de sus hermanos.

Pero lo que más le dolió fue la traición del que tanto había amado y que nunca le correspondió sinceramente, pues nunca hizo el menor intento por buscarla. Esto terminó por destrozarle el corazón a María, siendo tal la decepción que ello la llevó a tomar la difícil y aterradora decisión de suicidarse, pues era más fuerte su pasión que la religión.

Para ello, esperó que anocheciera, buscó un cordón, se dirigió al patio del convento, cerca de la fuente donde había un árbol de duraznos. Se arrodilló con su crucifijo en las manos y oró a Dios unos instantes pidiéndole su perdón por lo que iba a cometer.

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Se amarró el cordón al cuello, trepó hasta una rama alta del árbol, ató el otro extremo del cordón a la rama, nuevamente se encomendó a Dios y, luego, se dejó caer al vacío. Sus pies golpearon pesadamente el borde de la fuente y el cuerpo por unos momentos se balanceó como un frágil péndulo movido por el viento, hasta que se inmovilizó quedando totalmente sin vida.

Estuvo colgada del árbol durante toda la noche hasta que por la mañana fue descubierta por dos monjas encargadas de recoger agua de la fuente para llevar a la cocina. Estas horrorizadas por lo que vieron, salieron despavoridas a avisar a la abadesa del convento.

Rápidamente, se apresuraron a bajar el cuerpo de María, el cual fue sepultado ese mismo día en la tarde en el cementerio del convento.

Apariciones

Cumpliéndose un mes después de la muerte de María, una de las novicias salió al patio a recoger agua y al llegar a la fuente vio en el agua el reflejo de la monja colgada del árbol de durazno, balanceándose por la brisa.

Según la historia, la novicia pudo apreciar que sus ojos se salían de las órbitas oculares y, además, que su lengua colgaba de la boca entreabierta con los labios blanquecinos.

Desde entonces, el fantasma de la monja empezó a aparecerse allí todas las noches pudiendo muchas veces verse reflejado en el agua del estanque su rostro o su cuerpo bamboleante en el árbol, cada vez que alguna de las novicias o monjas iba allí.

Es por ello que, para evitar sustos y murmuraciones entre las monjas, se prohibió la salida de cualquiera de ellas al jardín tan pronto comenzara a caer la noche, hasta tanto fueran removidos la fuente y el árbol de duraznos.

Según el mito, estas apariciones del fantasma de la monja se sucedieron por muchos años, de acuerdo con las actas de reporte de acontecimientos que lleva el convento.

Noche tras noche el fantasma de María Ávila colgada del durazno se le aparecía a cada monja, lo cual comenzó a ser motivo de espanto y, por más que se ofrecían misas, se hacían rezos, se pagaban duras penitencias y se usaba entre ellas el cilicio o túnica de tela muy áspera o de pelo de animal, que provocaba mucho escozor y dolor en la piel como un autocastigo que, por lo general, se le denominaba “golpes de cilicio” para pedir perdón, de nada han valido para ahuyentar esta tenebrosa aparición de la monja y que se alejara del convento.

La leyenda nos cuenta que en vista de que María no pudo soportar estar sin su amado y por la decepción de su amor, su fantasma empezó también a deambular por todas partes todas las noches para buscar a Urrutia y hacerle pagar por su traición y desamor.

Hasta que un día, cuando él apareció muerto, se comenzó a decir que ella lo había matado para así poder tenerlo para siempre junto a ella, aunque sea en el más allá.

La leyenda reseña también que el fantasma de la monja se quiso vengar igualmente de sus hermanos por el engaño del cual fue objeto. Esto se ha señalado porque tiempo después a ellos les llegó la desgracia cuando fueron involucrados en una revuelta liderada por don Martín Cortés, quien fue hijo del conquistador Hernán Cortés. Debido a esta acusación, fueron puesto presos, enjuiciados y condenados a muerte.

Así, en fecha 16 de julio de 1566, sus hermanos fueron expuestos al escarnio público, golpeados y, posteriormente, degollados. Además, destruyeron su casa y sus terrenos fueron sembrados con sal por órdenes de la Real Audiencia para inutilizarlos completamente.

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