Conoce todo sobre Tlalocan, el paraíso regido por Tláloc

Conoce Tlalocan, el paraíso mitológico destinado a los que morían ahogados por agua o por un rayo. Descúbrelo aquí.

¿Qué es el Tlalocan?

El Tlalocan fue el recinto ideado por Tláloc, dios de la lluvia, del rayo y de los terremotos para acoger a todas las almas de las personas que habían fallecido principalmente ahogadas. En la Mitología egipcia se describe un sitio como el Tlalocan.

Se trata de un lugar mitológico situado en la región oriental del Universo, en el primero de los trece cielos que conformaban el plano celestial, según la cosmovisión que tenía el pueblo de los nahuas.

Este grupo es el conformado por todos los pueblos nativos de la antigua Mesoamérica, parte de lo que es hoy América Central, y entre esos pueblos se cuentan a los Mexicas y otras civilizaciones ancestrales de la región de Anáhuac, en el estado de Nuevo León. Todos ellos se relacionaban entre sí, puesto que compartían la misma lengua náhuatl.

Mitológicamente Tlalocan era el lugar ideal para estar después de la muerte y en la ubicación perfecta que, según los expertos estudiosos del tema, está asociada geográficamente con lo que es hoy el cerro de La Malinche en el oriente de la cuenca de México y, de acuerdo con sus descripciones, en dicho sitio no existían los sufrimientos terrenales que normalmente aquejan a la humanidad.

Tlalocan

La leyenda agrega que en el entorno de este paraíso se concentraban grandes bancos de nubes que lo resguardaban y mantenían sus condiciones magnánimas y que el alma de las personas allí encontraba el solaz necesario para su entera felicidad.

Al llegar a dicho paraíso las almas contaban con todo lo que se requería para la subsistencia en ese lugar en cuanto a sustento y descanso proporcionados por Tláloc. La Mitología celta cuenta con un dios con las cualidades de Tláloc.

El mito igualmente destaca que era como estar en un sitio de verano perpetuo, con alimentos, entretenimiento y felicidad.

Al Tlalocan  se le conoce también como el recinto del néctar de la tierra, el cual era el otro nombre que se le daba a Tláloc, encargado de velar por este paraíso.

En la mitología nahuatl el nombre de Tlalocan  significaba “el lugar del néctar de la tierra”, que es un término compuesto por las palabras tlalli, que se refiere a “tierra”, octli que traduce “néctar” y can denota “lugar”.

Tlalocan

La leyenda de Tlalocan relata, asimismo, que este mitológico espacio había sido pensado primordialmente para que pudieran acceder solo aquellos que morían ya fuera ahogados por agua o quemados por un rayo.

Fue forjado por el dios de la lluvia como una manera de compensar a estas víctimas de las penurias que tuvieron que padecer a causa de inundaciones, tempestades y deslaves. Las almas tan pronto llegaban al recinto eran recibidas por el mismo dios Tláloc.

También podían ser elegidas para llegar a este paraíso a los que fallecieran  por enfermedades incurables como la lepra o la sarna, puesto que se decía que en Tlalocan había montañas de las cuales brotaba agua milagrosa que ayudaba a sanar todas las lesiones de todo aquel que lo necesitara en la muerte.

Era una fuente de agua también benéfica y vital para la vida en la tierra misma, que por órdenes del dios podía llegar a la tierra.

Tlalocan
Templo de Tláloc

¿Cómo era el Tlalocan?

El Tlalocan constituía el espacio ideal para el descanso eterno, inmerso en un ambiente pleno de placeres y tranquilidad, así como de una naturaleza envidiable pródiga en toda clase de árboles frutales, así como del maíz vital para los mexicas, de chía, que la semilla de una especie de salvia muy usada en México como bebida refrescante.

Asimismo, no podían faltar verduras, frutas y vegetales necesarios para una buena alimentación, entre ellos calabazas, tomates, fresas, chiles, entre otros. Los fallecidos elegidos por Tláloc disfrutaban en este paraíso, pues muy cierto es que nadie quería ir a estos sitios a sufrir o condenar su alma.

Al contrario, según los nahuas, este era el lugar idóneo para el descanso eterno, después de despertar del sueño que era la vida para ellos.

A diferencia de lo que encontraban los fallecidos que iban al inframundo de Mictlán en donde Mictlántecuhtli, el señor de la muerte que allí reinaba, imponía pruebas y obstáculos a los muertos para llegar a él, en Tlalocan, Tláloc los recibía con gran júbilo.

Tlalocan
Mictlántecuhtli

En Tlalocan no había entonces pruebas que superar, por lo tanto sus familiares y dolientes no tenían que enterrar a sus difuntos con comida o tributos, si ellos habían sido elegidos por  Tláloc y estaban destinados a su paraíso, en el que lo acompañarían por toda la eternidad.

Si las víctimas eran niños, el placer y honor para Tláloc era aún mayor, pues sabía que podía que contar con ellos como sus ayudantes para hacer llegar la lluvia a la tierra. Serían pues parte de su grupo de Tlaloque.

Los dioses y Tlalocan

Sobre este lugar versan muchas historias, en virtud de las propiedades benefactoras que se le atribuyen, pero también porque a él se asociaban muchas de las deidades de la cultura mexica y de alguna manera tenían que ver con el agua, según las creencias de sus devotos, y que, en algunos casos residían en este recinto.Tlalocan

Entre ellos era muy frecuente mencionar a:

  • Achane. Este era el señor de las aguas de las profundas, así como de las especies animales que habitaban en mares y océanos. Este dios fue consorte de la diosa Atlatona.
  • Ahuaque. Esta divinidad estaba asociada a todo espíritu menor relacionado con el fenómeno de la lluvia y que se le veneraba en representación de niño.
  • Ahuic. Se trataba de la deidad que era señora y dueña del oleaje del mar, en particular de las olas grandes.
  • Amimitl. Este era un dios muy amigable, señor de lagos, que controlaba las tormentas y las aplacaba, por lo que se convirtió en patrono de los pescadores a quienes protegía.
  • Atipac calqui Cíhuatl. Según se dice en las leyendas este nombre por el que se conocía a la diosa Chalchiuhtlicue, diosa de los lagos y las corrientes de agua, pero que se le daba esta denominación cuando se trataba de concentraciones menores de agua.
  • Atl. Esta es una diosa que se dice fue la creadora del mar en el habitaba el monstruo Cipactli, que según el mito ella era su madre. Fue , por lo tanto, dueña absoluta de estas aguas.
  • Atlacamani. Una de las varias diosas del mar, pero referida primordialmente a las tormentas marinas y huracanes. El mito dice que tal vez sea una de las representaciones de la diosa Chalchiuhtlicue.
  • Atlatonin o Atlatonan. Se trataba de una diosa mexica que reinaba en las costas. Fue una diosa madre asociada al dios Tezcatlipoca y, según una leyenda, fue una de sus esposas. También se le reconocía como diosa de la fertilidad.
  • Atlahtli. Diosa de las aguas de los arroyos. Fue una del grupo de dioses Nauhtzonteteo, que nacieron del gigantesco Técpatl que parió la diosa primordial Omecihuatl, quien fungiría padre y madre.
  • Atlatona. Se llamaba Nuestra Señora de las Aguas. Fue protectora de los que padecían lepra, así como de los que sufrían de afecciones contagiosas. También fue diosa del brillo de las masas de agua que se observaba al anochecer.
  • Chalchiuhtlicue. Es la diosa principal de los lagos y de todas las corrientes de agua marinas y terrestres. Desempeñó un rol importante en todo lo relacionado con líquido dentro de la cultura mexica. Fue la segunda esposa del dios Tláloc.
  • Huixtocihuatl. Fue la diosa del agua salada y también de la fertilidad. Según el Fray Bernardino de Sahagún, misionero español, fue hermana mayor de los Tlaloque, pero, según un mito que refiere un conflicto suscitado entre ellos, hizo que la persiguieran y desterraran a las aguas saladas. Fue hija de los dioses Tláloc y Chalchiuhtlicue.
  • Matlalcehuitl o Matlalcueje. Se trataba de la diosa que reinaba sobre diluvios  y fuertes aguaceros. También fue reconocida como diosa del canto, siendo  relacionada con Chalchiuhtlicue, a la cual servía.
  • Metztli. Fue un dios o diosa de la luna, la noche y los granjeros, según su carácter dual. Además, tenía el don de controlar el flujo natural del mar. La leyenda dice que podría ocasionar inundaciones y catástrofes marinas.
  • NanáhuatlEl mito cuenta que era la personificación de la humildad
  • Nappatecuhtli. Fue el dios encargado de las fuentes fluviales y, por ello, hacía brotar de juncos y rosales. Hay una leyenda que reseña que fue uno los Tlaloque.
  • Xixiquipilihui. La leyenda dice que esta diosa era responsable de los movimientos del agua provocados por los vientos. Fue asociada a la diosa Chalchiuhtlicue.
  • Yauhqueme. Fue el dios responsables de las plantas de asclepias, asteráceas, rosáceas, gutíferas y hipericáceas. Se decía que fue uno de los cuatro Tlaloque.

Evidencias

Tan fascinante lugar ha sido objeto de muchos estudios y escritos de investigadores de la disciplina mitológica, pero también se ha conocido el Tlalocan gracias a la tradición oral de personajes que lo oyeron de boca de los propios indígenas.

Entre esos estudios podemos señalar, por ejemplo, uno de los más importantes escritos que fue el trabajo llevado a cabo por Fray Bernardino de Sahagún, quien fuera misionero franciscano español, autor de varias obras escritas tanto en lengua náhuatl como en castellano.

Por los aportes que se presentan en estas obras, las mismas han sido consideradas entre los documentos más valiosos que han permitido reconstruir mucha de la historia prehispánica mexicana antes de la llegada de los conquistadores.

En particular, se debe destacar el libro Historia General de las cosas de la Nueva España, ya que en ella se hace una descripción de lo que fue el Tlalocan.

Tlalocan

Otra evidencia mediante la cual se aporta información relevante acerca del Tlalocan es el artículo Tlalocan, “Recinto de Tlaloc” de Silvia Trejo, historiadora de arte prehispánico e iconógrafa y doctora en antropología, el cual fue Revista Arqueología Mexicana, vol. XI y en el se describe este paraíso terrenal y nos da cuenta de su esencia mítica del Tlalocan.

Tlaloque

Este libro destaca que esa era la morada, no solo del dios Tláloc, sino también de unas pequeñas criaturas, llamadas Tlaloque, que fungían como auxiliares del dios.

Los Tlaloque eran las almas de los niños que habían fallecido y habían sido elegidos para morar allí, cumpliendo con ciertas tareas sencillas. Entre ellas romper las vasijas que almacenaban el agua en el cielo de manera tal que descendiera a la tierra en forma de lluvia.

Igualmente se encargaban de solventar cualquier situación relacionada con las enfermedades por el trabajo.

Por otra parte, la tradición indígena habla que se podían cumplir penitencias para ser elegible al Tlalocan. Así, por ejemplo, para poder ser recibido en ese recinto especial, las personas en vida debían elaborar pequeñas figuras con la imagen de los Tlaloque. Estas eran normalmente hechas de masa con forma humana.

Tlalocan

Al respecto, el Fray Bernardino de Sahagún en su obra las describe de la siguiente manera:

“Hacían su figura de masa que se llama tzoali, le ponían dientes de semillas de calabaza y les ponían en el lugar de los ojos unos frijoles negros que son tan grandes como habas, llamados ayocotli. En los demás atavíos les ponían la imagen con la que los imaginan y pintan.”

Luego de elaborada la figura del Tlaloque, era indispensable que la persona preparara una ofrenda apropiada con algún objeto de su entorno que sirviera para complacer a estas criaturas.

Al amanecer quienes habían hecho este voto, le arrancaban la cabeza a su pequeña imagen y la llevaba a un templo.

Seguidamente, debía proceder a beber algo de pulque, que era una bebida alcohólica de color blanco, espesa, que se obtiene de la fermentación de la savia y que previamente hubiera sido ofrecida a los Tlaloque. Finalmente, se hacía un pequeño festín.

Esta figura se debería tener dispuesta con tiempo de manera que si se era escogido por Tláloc para morir, al llegar al Tlalocan, el dios estaría al tanto para darle la bienvenida.

Estas creencias primitivas de acuerdo con los estudios del Fray Bernardino, señalaban que, en vista de que era imposible predecir cómo y cuándo sería la muerte de una persona, los nahua procuraban adelantarse y prevenir las posibilidades para la partida, haciendo penitencias según los cuatro posibles destinos mitológicos a los que se accedería después de la muerte.

La cosmovisión de este pueblo contemplaba a la muerte como la continuidad de la vida, por ello visualizaban cuatro espacios a uno de los cuales estaría destinada el alma del que moría, tomando en cuenta, no su buen proceder en vida, sino la forma como moriría. Dichos espacios estaban dispuestos en los cuatro puntos cardinales alrededor del sol.

Estos espacios eran:

  • Mictlán. Se le conocía también como el inframundo, el cual era el lugar oscuro donde llegaban las almas de las personas que fallecían por muerte común o debido a un accidente, lo que implicaba que no habían sido elegidas de una manera especial por algún dios. Allí estas almas debían cumplir y superar ciertas pruebas para poder resurgir. Entre ellas estaba el cruzar un camino en el que se encontraban nueve estratos, que deberían ir escalando. Este mundo estaba bajo el dominio de Mictlantecuhtli, señor de la muerte.
  • Era el templo del maíz, gobernado por Huemac y que, según la mitología mexica, era el paraíso a donde iban los niños pequeños al morir, cuya entrega significaba darle nueva fuerza al maíz.
  • Se trataba del destino de las almas de los guerreros muertos en combate o en sacrificio. Este sitio era un gran valle pleno de árboles y amplios jardines con flores de mucho colorido. Allí permanecían estas almas sin ningún tipo incomodidad, dolor o tristezas. Por el contrario, se caracterizaba por el constante placer y deleite del que disfrutaba. Era la morada de Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra.
  • Es el recinto de Tláloc que cobija a quienes morían por alguna situación relacionada con el agua. Era un lugar lleno de alegrías.

Cuando una persona moría por ahogamiento o alguna de las enfermedades anteriormente mencionadas, el difunto seleccionado por Tláloc, no podía ser incinerado como los que iban a  Mictlán, sino enterrado.

Fray Bernardino, al respecto, resalta que los que muertos por enfermedades contagiosas e incurables, no solo no eran quemados, sino enterrados y al hacerlo se debían poner semillas amaranto, cereal muy usado en época precolombina, en las quijadas, pintarle con tintura azul azul y en la mano colocarle una vara.

Mural del Tlalocan

El paraíso de Tláloc significó un hito dentro de la mitología mexicana cuyas reminiscencias es posible apreciarlas en el mural que ha quedado como testigo de su magnificencia.

Más allá de las pirámides del Sol y la Luna en la ciudad sagrada de Teotihuacán, en el Estado de México, que son el monumento por excelencia de esta ancestral civilización azteca, se encuentran las singulares manifestaciones pictóricas que revelan la existencia del recinto del dios de la lluvia.

Por dichas manifestaciones no es exageración decir que Teotihuacán fue una urbe completamente pintada, pues en algunas de sus áreas aún se pueden ver pisos con vestigios de que fueron ilustrados con diversos motivos de personajes y situaciones cotidianas de la época prehispánica.

De las representaciones más elocuentes y reveladoras del pasado mexica, el mural del Tlalocan es una de las muestras más importantes que ha permitido conocer a través de él un poco más, no solo de esta cultura, sino de toda la civilización que dominó la región mesoamericana por varios siglos.

Recorriendo la ciudad arqueológica en la que se concentran tantos testimonios de esa época tan cargada de experiencias y cultura, es posible adentrarnos en el conocimiento del Tlalocan.

Se estima que Teotihuacán llegó a tener una superficie de unos 22 kilómetros cuadrados, con espacios en los que aún se pueden apreciar tantos murales y pisos decorados con imágenes pictóricas recreando la realidad precolombina.

Se trata de pinturas hechas al fresco, reflejando actividades domésticas rutinarias de la época prehispánica, que son testimonio fehaciente de su forma de vida, su pensamiento y sus creencias, incluso de tiempos que se remontan al siglo 1 d. C. y su caída hacia el año 700.

A partir de estas imágenes nos hemos podido imaginar cómo fue la realidad de vida que existía en la que se considera la principal ciudad de Mesoamérica.

Dentro de esta ciudad sagrada pasando la Pirámide la Luna, existen cuatro espacios que sirvieron de aposentos de los antiguos grupos humanos que habitaron en esta ciudad.

Se trata de las cuatro áreas residenciales que se levantaron en los alrededores del llamado Centro Ceremonial de Teotihuacán, que incluye a las dos pirámides y a la Calzada de los Muertos.

Estas cuatro áreas residenciales, abiertas al público en general, son los conjuntos arquitectónicos Tetitla, Tepantitla, Atetelco y La Ventilla. En el conjunto Tepantitla es donde se localiza el gran aporte arquitectónico que es el Tlalocan y su mural, situado al oriente de la Pirámide del Sol.

Esta es la obra plástica de gran envergadura que caracteriza a este período. Se trata del mural rojo de Tláloc, que mide unos 1,20 metros de largo por 60 centímetros de alto, que ilustra como fue el paraíso de Tláloc.

En el mural se muestra una diversidad de individuos llevando a cabo varias actividades lúdicas o practicando diferentes tipos de juegos de pelota y otros realizan danzas y cánticos. Asimismo, se puede observar a otros individuos cazando mariposas. Es posible también ver que hay representadas numerosas especies de fauna y flora.

Se ilustra, igualmente, en una de las escenas a una deidad femenina que se asocia con la fertilidad acompañada por dos sacerdotes, dentro de un marco con motivos acuáticos y adornos del dios de las tormentas.

Se observan representaciones de cabezas sin troncos y, en otro caso, cuatro individuos que sostienen a otro por sus extremidades, recreando un ritual de sacrificio.

Las escenas se presentan sobre fondo rojo intenso, en el que se puede distinguir que hay un cerro o montaña que se estima es sagrada, puesto que de ella emanan muchas corrientes de agua y en su centro se ven muchos granos de maíz.

Custodiando la montaña se observan a los Tlaloque y en la parte superior del mural, como en una especie de cielo, está Tláloc, dios de la lluvia y personaje central del mural.

En la cabeza el dios lleva un gran tocado en forma de ave y con largas plumas verdes, del cual brotan chorros de un líquido en el que hay ojos, flores y hojas. De sus manos caen a la tierra muchas otras ofrendas.

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