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Los jikininki son espíritus que forman el folclore japonés y que se dedican a alimentarse de cadáveres y ofrendas hechas a los muertos. Dentro del budismo japonés, los jikininki son los espíritus de la avaricia, el egoísmo y de lo impío, que están condenados a buscar y comer cuerpos humanos por toda la eternidad.

Origen

Los jikininki tiene una relación estrecha con los fantasmas del budismo llamados gaki, que son seres paranormarles que sufren de un hambre insaciable. Así, los jikininki nacen a partir de personas que en vida fueron malvadas, envidiosas, codiciosas o eran impíos, acciones que poco a poco fueron corrompiendo su alma. (Ver: Nopperabo)

Como castigo por todos los vicios de los cuales gozaron en vida, deben cargar con la maldición eterna de procurar cadáveres de personas recién fallecidas, para poder subsistir, situación que busca de alguna forma hacer pagar los pecados cometidos en vida.

Una característica particular de esta maldición a la cual fueron sometidos, es que los jikininki nunca lograr saciarse completamente, y siempre deben estar a la procura de más y más alimento, sensación que es incontrolable para estos seres. Se trata de algo que tienen que hacer, pero nunca obtienen ningún consuelo o satisfacción de ellos, de ahí que sea un castigo.

No suelen buscar el contacto humano, de hecho, siempre actúan y salen de noche, con la finalidad de evitar encontrarse con alguna persona. No obstante, se dice que habitan en templos u otras edificaciones abandonadas o en otros lugares cercanos a centros poblados, esperando a que ocurra alguna muerte y puedan, rápidamente, alimentarse de un cadáver.

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En caso de encontrarse con alguna personas, las leyendas refieren a que estas se paralizan del miedo, y no pueden realizar ningún movimiento o sonido, sin embargo, no resultan ser atacados por los jikininki

Asimismo, las historias sugieren que suelen también hurtar objetos de valor que tengan los cadáveres, con la finalidad de poder sobornar a ciertas personas, para permitirles alimentarse de determinados cuerpos.

Comportamiento y apariencia de los jikininki

Las diferentes historias han representado a los jikininki como entidades con forma preodimantemente humana, pero que poseen algunas partes mosntruosas. Se cree que poseen dientes largo, puntiagudos y afilados, para facilitar el proceso de devorar los cadáveres.

A diferencia de otros espirítus, que dejaron que pasaron toalmente del plano material al astral, los jikininki se encuentran en una estado entre la vida y la muerte, normalmente se les compara con los conocidos zombies, personas que no tienen vida, pero que tampoco están completamente muertos.

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Durante el día, y como quedo establecido anteriormente, no suelen buscar el contacto humano, aunque es común que se muestren ante viajeros perdidos que llegan hasta los lugares donde viven, usualmente en horas cercanas a la noche, cuando se disponen a buscar alimento.(Ver: Tengu)

En cuanto a su forma de cazar, usualmente deambulan entre templos o sitios donde se están desarrollando ceremonias fúnebres, por tener fácil acceso a los cuerpos y normalmente esperan a que los cuerpos estén solos.

La leyenda de Muso

De entre las múltiples historias de jikininki que existen dentro del folclore japonés, la leyenda de Muso es probablemente una de las más conocidas. Hace muchos años atrás, existió un monje llamado Muso Soseki, que se encontraba viajando por la región montañosa de Mino, cuando de pronto se encontró perdido en lo profundo de la montaña.

A medida que el día iba dando paso a la noche, se cruzó en el camino con un monje anciano que habitaba una antigua edificación. Al verlo, Muso le pidió que le permitiera pasar la noche en aquel lugar, para poder refugiarse de los peligros de la montaña, sin embargo, el viejo monje se negó, pero le indicó el camino para llegar a un pequeño pueblo no muy lejos de donde se encontraban.

Soseki continuó su viaje y llego al pequeño pueblo justo al terminar de caer la noche. Fue recibido por el hijo del jefe de aquel pueblo, y acto seguido, invitó a Soseki a pasar la noche en su casa. Una vez instalado, el anfitrión le advirtió a Soseki que su padre había muerto y, como era costumbre en aquel pueblo, cuando alguien moría, todos debían pasar la noche fuera del pueblo, y de no hacerlo, les caería una maldición.

A pesar de ellos, el joven le indicó a Soseki que como estaba recién llegado,  era un hombre dedicado a la religión y, además, era un forastero, no veía ningún motivo por el cual no pudiera quedarse a dormir en el pueblo, ya que no estaba obligado a seguir las costumbres locales.

Finalmente, Soseki se quedó en casa del joven anfitrión, mientras el resto de los habitantes de aquel pueblo se dirigió a las afueras para pasar la noche, como dictaba la costumbre.  Soseki, en su condición de monje, y como forma de agradecimiento, recito una serie de oraciones funerarias en las habitación donde se encontraba el cuerpo del difunto.

Mientras hacía los rezos, sintió como su cuerpo se paralizaba y no podía moverse o emitir sonidos. Posteriormente, una figura humana terrorífica se acercó al cadáver y comenzó a devorarlo. Habiendo terminado, la criatura salió del lugar y desapareció.

A la mañana siguiente, los habitantes del pueblo regresaron y Soseki contó el episodio vivido la noche anterior y los habitantes no se extrañaron de la ocurrencia de aquel hecho. Durante la conversación Soseki le preguntó a su anfitrión, porque aquel viejo monje que habitaba en las afueras no vino a realizar los ritos funerarios. El joven anfitrión, extrañado por el comentario, le comentó a Soseki que ni en el pueblo, ni en las afuera vivía monje alguno y que último que lo hizo, fue hace muchas generaciones atrás.

En su viaje de vuelta, Soseki decidió regresar sobre sus pasos, hasta el lugar donde se encontró a aquel monje que le indicó el camino. No fue difícil encontrarlo de nuevo, y el viejo monje se disculpó con Soseki por haber visto aquel espectáculo la noche anterior, y le dijo que el monstruo que vio era él.

El viejo monje prosiguió su explicación diciendo que muchos años atrás él era el monje del pueblo, y llevó a cabo un gran numero de ceremonias fúnebres, pero con la única intención de enriquecerse por sus servicios, sin tomar en cuenta que su labor era importante para el alma de aquellos difuntos.  Cuando murió, explicó el monje, se transformó en un jikininki y fue condenado a vagar en busca de cadáveres para alimentarse. (Ver: Chochinobake)

Por último, el monje anciano le pidió a Soseki que realizara un ritual para liberarlo de su castigo, y en ese instante, tanto el anciano como el edificio en el que se encontraban, desaparecieron, y de pronto Soseki se encontró sentado sobre la tumba de un antiguo monje.

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